Austen convierte el malentendido en una forma luminosa de suspense.
Hay novelas que parecen ligeras hasta que una vuelve a ellas con más años. Orgullo y prejuicio cambia justo ahí: en la distancia entre lo que creemos ver y lo que la otra persona está intentando decir.
La ironía de Austen tiene la delicadeza de no levantar la voz. Cada conversación deja una pequeña puerta abierta para que el lector entre después.
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